Epístolarius, Epílogus, Finís
(Al fiel lector Erradicador)
Pensé en mi nombre y en todas mis desventuras en este lugar extraño y asfixiante. Pensé en mi túnel y en mi biblioteca selecta de ejemplares únicos y quise respirar aunque sea por un segundo el aire de mi subterráneo húmedo y oscuro y recordar las asperezas de mis libros y mi árbol.
Perdí de vista esos ojos intrigantes y misteriosos que me siguieron luego del destierro y supe que era mi fin. Sentí con violencia la patada dolorosa que me hizo caer al vacío junto a una hoja verde y frondosa, acaso el único recuerdo de mi tierra fresca y negra, de túneles perfectamente confeccionados y calidad maravillosa.
Caí al precipicio profundo y me dejé llevar por el aire agobiante que rozaba todo mi diminuto e inservible cuerpo con violencia. Sin respirar recordé los amaneceres más bellos y las noches de sueños placenteros en mis túneles, para que toda mi fuerza se concentrara en memorar los hechos más perfectos de mi escasa e insignificante vida. Cientos de imágenes golpearon mi cabeza con recuerdos y señales, y supe entonces que el complot había brotado de las profundidades oscuras de mi túnel y que los ataques feroces y violentos se habían vuelto contra mí desde mi propio hogar.
La vertiginosa caída me hizo entrar en un estado de perfecto mutismo y la aceleración del viento pareció arrancarme el corazón. El terror se apaciguó y una bella sensación me envolvió y me atrapó al ver los ojos grisáceos y hundidos al final del precipicio que me abrazó cuando el sol apenas iluminaba la ciudad vacía y dormida. Y el cemento duro y caluroso me dio su agobiante despedida.


